Stephen Miller asume como jefe de gabinete con la firme intención de profundizar la agenda de Trump tras la derrota electoral.

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Pese al duro revés sufrido por los republicanos en las elecciones legislativas de mitad de mandato, Stephen Miller fue designado nuevo jefe de gabinete de la Casa Blanca, consolidando su determinación de expandir al máximo el poder presidencial y redoblar las políticas más duras del gobierno.

Mientras algunos sectores del partido y el propio Donald Trump evaluaban moderar posturas o negociar con la oposición, Miller ignoró el resultado de las urnas. Inmediatamente después de los comicios, ordenó a los mandos de seguridad nacional acelerar la agenda migratoria de mano dura —marcada por deportaciones masivas, restricciones fronterizas y expulsiones a terceros países—, la cual fue señalada como uno de los principales motivos del castigo electoral.

Con 41 años y una trayectoria iniciada como redactor de discursos en 2016, Miller reemplaza a Susie Wiles, pasando de un rol de estratega en las sombras a ser la cara visible del Ala Oeste. El mandatario justificó su designación destacando su lealtad incondicional y su carácter combativo. Su influencia abarca tanto la militarización fronteriza como ofensivas contra adversarios políticos, presiones sobre el sistema electoral para restringir el voto por correo e incluso debates para activar la Ley de Insurrección y desplegar fuerzas armadas en territorio estadounidense.

La llegada de Miller anticipa dos años finales de mandato signados por una fuerte confrontación. Con el Congreso bajo control demócrata tras las elecciones, los comités de supervisión legislativa ya han adelantado que centrarán sus investigaciones directamente sobre la legalidad de las medidas diseñadas y ejecutadas por Miller.

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